Pretendía ser coherente consigo misma, conseguir una continuidad mínima, pero al intentar fijarlo en algo externo a ella el asunto resultaba prácticamente imposible.
¿Cómo hacerse entender sin dar nombres, sin un hilo temático observable a simple vista?
Decir las cosas directamente era como faltar a la verdad. Definir el asunto demasiado era restarle posibilidades. Solo pretendía transportar, compartir sus sentimientos con alguien más, con un desconocido. Solo a través del medio escrito. Crear un nuevo tipo de relación. Construir de una forma diferente el mundo y la realidad que lo envuelve. Ver hasta dónde podía ser real una fantasía, o qué había de fantasía en lo real. Encontrar un punto medio que le llevase a otro tipo de verdad más personal y auténtica.
Al fin y al cabo, lo que hacía era experimentar con las palabras, darles alas, aunque estas le llevasen demasiado lejos como para que al volver, pudiesen construir algo coherente y comprensible.
Las ideas eran cortas y era prácticamente imposible alargarlas hasta lo que viene siendo normal. Y sin conseguir esto, ¿como alcanzar lo otro?.
Seguramente la clave estaba en profundizar en una sola, renunciando a todas las demás, eso era lo que le habían aconsejado, pero le daba miedo decidirse tan pronto. Eran muchas las propuestas que se le hacían en secreto, la mayoría de ellas traicioneras, solo a medias conocidas.
Profundizar le daba miedo, ¿y si no había nada? Y si solo se encontraba con lo que ya todos habían encontrado, sin nada que decir, sin nada que aportar, incapaz de recrearse en el descubrimiento.
Grizzly Bear le acompañaba, y sin saberlo hacía del pozo al que se asomaba algo mucho más oscuro y tenebroso.
Que desesperación le causaba el no acabar de llegar a ninguna parte. Apenas había aprendido a formular las preguntas, pero sin embargo podía sentir constantemente las interrogaciones. Pero sin preguntas bien definidas, ¿cómo esperar que llegue una respuesta real y concreta?.
Hasta entonces, solo queda esperar y seguir realizando pequeñas aportaciones a la causa. Al fin y al cabo algo había mejorado ¿no? De eso si que estaba segura, el progreso era tan real que hasta podía tocarlo y mascarlo con cada uno de sus dientes, y esta era una de las pocas cosas que le permitían seguir siendo paciente, al mismo tiempo que exigente e insuficientemente activa. La pasividad seguía arrastrándola demasiado a menudo. Pero todo esto también podría cambiar algún día.
No me atrevería a afirmarlo rotundamente, pero ahora que la veo desde lejos creo que la compadezco.
miércoles, 14 de abril de 2010
martes, 16 de marzo de 2010
Irene (I)
La música le acompañaba cada día, prácticamente en cada momento, y aunque la relación no siempre era cordial, le gustaba sentir cómo los días adquirían un color añadido, más artificial y personal. A pesar de que nada de todo aquello le pertenecía, de alguna manera conseguía hacerlo suyo.
Era una experiencia única, trágica en la mayoría de los casos.
En este momento venía de la mano de una voz aguda, acompañada por un piano y un violín alternativamente. Pero la voz… La voz era la clave, al principio le había parecido demasiado estridente, pero una vez superado este primer momento había descubierto un nuevo órgano en su cuerpo. Solo ese timbre era capaz de activarlo, y ahora sus poros vibraban al son de su canción.
Le hablaba de muchas cosas, entre otras, de ese angustioso y dramático país desconocido, de una cultura diferente que sin saber muy bien porqué se le antojaba oscura y atrayente.
¿Cómo es posible dejar un momento así por unos apuntes incomprensibles y tan poco apetecibles?
¿Qué es un aprobado o un deber cumplido comparado con una experiencia como esta?
Debería de encontrar la forma de que amabas realidades fuesen más a menudo compatibles.
Era una experiencia única, trágica en la mayoría de los casos.
En este momento venía de la mano de una voz aguda, acompañada por un piano y un violín alternativamente. Pero la voz… La voz era la clave, al principio le había parecido demasiado estridente, pero una vez superado este primer momento había descubierto un nuevo órgano en su cuerpo. Solo ese timbre era capaz de activarlo, y ahora sus poros vibraban al son de su canción.
Le hablaba de muchas cosas, entre otras, de ese angustioso y dramático país desconocido, de una cultura diferente que sin saber muy bien porqué se le antojaba oscura y atrayente.
¿Cómo es posible dejar un momento así por unos apuntes incomprensibles y tan poco apetecibles?
¿Qué es un aprobado o un deber cumplido comparado con una experiencia como esta?
Debería de encontrar la forma de que amabas realidades fuesen más a menudo compatibles.
lunes, 15 de marzo de 2010
Un pequeño intento
Los pelos se le pusieron de punta. Era el momento en el que ella moría, aunque en realidad eso había pasado hace bastante tiempo.
La escena en la nieve. Ella con su gorro de lana blanca y unos labios rojos que contrastaban con el brillo de sus ojos, inusualmente negro y blanco.
Todo lo demás eran sensaciones.
Irene, sin ser él, podía sentirlas. El frío de la nieve, los dedos de los pies prácticamente inconscientes y mudos ante el frío.
Y entonces… el gran momento. La música de los violines se vuelve aun más aguda y conducir así en la noche empieza a convertirse en una temeridad. Por un momento vuelve a la realidad, o al menos eso parece a primera vista, porque la música le sigue trasportando, como si los compases que ella no entiende le acunasen a través de la noche.
Ahora la carretera, levemente iluminada por los faros del coche, parece un túnel sin fondo que le lleva a un mundo conocido y desconocido al mismo tiempo.
De repente, un destello más fuerte que el suyo propio le hace reaccionar bruscamente. Un coche sigue su camino por el carril izquierdo.
Por fin, la música del reproductor vuelve al lugar al que le corresponde, un segundo plano, sin confundir mundos ni entremezclar fantasías.
Esta va a ser una noche especial, se mire por donde se mire, y ella es consciente de ello.
El corazón le late levemente, de una manera fría y desesperada, demasiado cauto como para atreverse a esperar nada.
En pocos momentos volverá a ver esas caras que le acompañaron durante una de las etapas mas fantasiosas de su vida.
Personas que le atribuyeron un papel, que aunque ya superado en gran parte, le sigue atormentando. Posiblemente, por el miedo a descubrir que ante ellos es incapaz de interpretar otro.
Han pasado más de seis años, y el contacto desde entonces se reduce a las dos últimas semanas, cuando todo se planeó por una brillante idea.
Pensaba que a quien quería ver era a sus compañeros, los únicos a los que realmente ha sentido como tales. Pero sin embargo, desde que se insinuó la cena no ha hecho más que pensar en sí misma, en lo que ahora es, en lo que antes fue, y en si en verdad existe alguna similitud o diferencia.
Ahora parece que el cuerpo le pesa. A lo mejor no ha sido tan buena idea, tanta tensión difícilmente se va a ver recompensada.
Ojala la música no se hubiese ido, intenta volver a ella, pero todo resulta inútil. Parece ser que a esos caminos solo se llega por azar, y por mucho que lo intentes, no volverás a ellos de otra forma, no al menos con la misma intensidad. O quizá ese sea un problema solo de los no-músicos…
La escena en la nieve. Ella con su gorro de lana blanca y unos labios rojos que contrastaban con el brillo de sus ojos, inusualmente negro y blanco.
Todo lo demás eran sensaciones.
Irene, sin ser él, podía sentirlas. El frío de la nieve, los dedos de los pies prácticamente inconscientes y mudos ante el frío.
Y entonces… el gran momento. La música de los violines se vuelve aun más aguda y conducir así en la noche empieza a convertirse en una temeridad. Por un momento vuelve a la realidad, o al menos eso parece a primera vista, porque la música le sigue trasportando, como si los compases que ella no entiende le acunasen a través de la noche.
Ahora la carretera, levemente iluminada por los faros del coche, parece un túnel sin fondo que le lleva a un mundo conocido y desconocido al mismo tiempo.
De repente, un destello más fuerte que el suyo propio le hace reaccionar bruscamente. Un coche sigue su camino por el carril izquierdo.
Por fin, la música del reproductor vuelve al lugar al que le corresponde, un segundo plano, sin confundir mundos ni entremezclar fantasías.
Esta va a ser una noche especial, se mire por donde se mire, y ella es consciente de ello.
El corazón le late levemente, de una manera fría y desesperada, demasiado cauto como para atreverse a esperar nada.
En pocos momentos volverá a ver esas caras que le acompañaron durante una de las etapas mas fantasiosas de su vida.
Personas que le atribuyeron un papel, que aunque ya superado en gran parte, le sigue atormentando. Posiblemente, por el miedo a descubrir que ante ellos es incapaz de interpretar otro.
Han pasado más de seis años, y el contacto desde entonces se reduce a las dos últimas semanas, cuando todo se planeó por una brillante idea.
Pensaba que a quien quería ver era a sus compañeros, los únicos a los que realmente ha sentido como tales. Pero sin embargo, desde que se insinuó la cena no ha hecho más que pensar en sí misma, en lo que ahora es, en lo que antes fue, y en si en verdad existe alguna similitud o diferencia.
Ahora parece que el cuerpo le pesa. A lo mejor no ha sido tan buena idea, tanta tensión difícilmente se va a ver recompensada.
Ojala la música no se hubiese ido, intenta volver a ella, pero todo resulta inútil. Parece ser que a esos caminos solo se llega por azar, y por mucho que lo intentes, no volverás a ellos de otra forma, no al menos con la misma intensidad. O quizá ese sea un problema solo de los no-músicos…
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