Los pelos se le pusieron de punta. Era el momento en el que ella moría, aunque en realidad eso había pasado hace bastante tiempo.
La escena en la nieve. Ella con su gorro de lana blanca y unos labios rojos que contrastaban con el brillo de sus ojos, inusualmente negro y blanco.
Todo lo demás eran sensaciones.
Irene, sin ser él, podía sentirlas. El frío de la nieve, los dedos de los pies prácticamente inconscientes y mudos ante el frío.
Y entonces… el gran momento. La música de los violines se vuelve aun más aguda y conducir así en la noche empieza a convertirse en una temeridad. Por un momento vuelve a la realidad, o al menos eso parece a primera vista, porque la música le sigue trasportando, como si los compases que ella no entiende le acunasen a través de la noche.
Ahora la carretera, levemente iluminada por los faros del coche, parece un túnel sin fondo que le lleva a un mundo conocido y desconocido al mismo tiempo.
De repente, un destello más fuerte que el suyo propio le hace reaccionar bruscamente. Un coche sigue su camino por el carril izquierdo.
Por fin, la música del reproductor vuelve al lugar al que le corresponde, un segundo plano, sin confundir mundos ni entremezclar fantasías.
Esta va a ser una noche especial, se mire por donde se mire, y ella es consciente de ello.
El corazón le late levemente, de una manera fría y desesperada, demasiado cauto como para atreverse a esperar nada.
En pocos momentos volverá a ver esas caras que le acompañaron durante una de las etapas mas fantasiosas de su vida.
Personas que le atribuyeron un papel, que aunque ya superado en gran parte, le sigue atormentando. Posiblemente, por el miedo a descubrir que ante ellos es incapaz de interpretar otro.
Han pasado más de seis años, y el contacto desde entonces se reduce a las dos últimas semanas, cuando todo se planeó por una brillante idea.
Pensaba que a quien quería ver era a sus compañeros, los únicos a los que realmente ha sentido como tales. Pero sin embargo, desde que se insinuó la cena no ha hecho más que pensar en sí misma, en lo que ahora es, en lo que antes fue, y en si en verdad existe alguna similitud o diferencia.
Ahora parece que el cuerpo le pesa. A lo mejor no ha sido tan buena idea, tanta tensión difícilmente se va a ver recompensada.
Ojala la música no se hubiese ido, intenta volver a ella, pero todo resulta inútil. Parece ser que a esos caminos solo se llega por azar, y por mucho que lo intentes, no volverás a ellos de otra forma, no al menos con la misma intensidad. O quizá ese sea un problema solo de los no-músicos…
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